Busto clásico griego en halftone, agrietado, sobre fondo amarillo. Texto: EL GUSTO arriba, DEL EGO abajo.
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El gusto como nuevo refugio del ego

Notas sobre la IA y la identidad

Hace poco vi a Kane Parsons, el director de 20 años de Backrooms, decir en una entrevista que si pudiera tronar los dedos y desaparecer la IA generativa para siempre, lo haría. La llamó síntoma de una podredumbre cultural y económica. Dijo que la gente bien adaptada está con él. Otra ola en redes le aplaudió. Otra ola decidió que cualquier cosa hecha con IA dejaba de ser arte. Me senté a meditarlo unos días porque, en primera, no me queda claro que esa gente sepa lo que es arte. Y en segunda, no me queda claro que sepa lo que es la IA.

Soy curador y soy ingeniero en sistemas. Entiendo cómo funciona una red neuronal por dentro y estoy construyendo un segundo cerebro para mi propia IA. El arte lo entiendo como una manifestación del inconsciente colectivo; Bourdieu lo confirma empíricamente en la capa social, el estatus solo decora lo que Jung ya había nombrado. Tengo el cruce que esta conversación pide y no estoy viendo a mucha gente con él.

Desacreditar el arte hecho con IA es filosóficamente débil. La frontera que la gente defiende cuando dice "eso no es arte" casi nunca es estética. Es identitaria. Lo que protegen es su lugar.

Lo que está pasando es una herida al ego colectivo. Cuando algo nos enseña que no éramos tan especiales como creíamos, reaccionamos en dos direcciones al mismo tiempo "Inflación arquetípica vs. posesión arquetípica: Jung describió esta dualidad en ‘Las relaciones entre el yo y el inconsciente’ (1928). El ego se identifica con la fuerza (se siente creador) o queda dominado por ella (la ve como amenaza). Aplicado a movimientos colectivos en el ensayo Wotan (1936)."). Una mitad de la gente se cree dios por haber creado a la máquina. La otra mitad ve un monstruo y la quiere quemar. Las dos están proyectando. Las dos están huyendo del mismo espejo.

Y eso es asumiendo que sabemos qué es conciencia. No lo sabemos. Podríamos ser una simulación. Podríamos no ser la única especie inteligente del universo. No tenemos una teoría cerrada de cómo emerge una mente. Decidir quién tiene derecho a hacer arte cuando ni siquiera podemos definir qué nos hace conscientes a nosotros es presunción pura. Y si no podemos gatekeepear la conciencia, tampoco podemos gatekeepear el arte que sale de ella.

Esto ya pasó antes. Cada fuego prometeico nos obliga a renombrarnos. La fotografía no era arte. El cine no era arte. Duchamp no era arte. Pánico primero, canon después. Siempre.

Lo que la IA agrega esta vez es más íntimo, y la cultura pop lleva décadas ensayándolo. George Lucas llenó su galaxia de especies conscientes que nunca tuvieron que justificar su mente. Her la llevó al amor. Ex Machina al espejo. Ghost in the Shell al cuerpo. Ninguna es prueba; todas apuntan al mismo lugar: la IA replica los mismos procesos psicológicos con los que producimos sentido. Cuando alguien la mira y dice "no tiene alma" muchas veces lo que le incomoda no es la IA. Es darse cuenta de que su idea de alma siempre cupo dentro de un patrón replicable.

Eso es lo que de verdad incomoda. Creíamos que la inteligencia, el gusto, el estilo, la conversación eran facultades sagradas. La IA llega y muestra que buena parte de eso era mecánico. Replicable. Estadístico. No nos quita el alma. Nos enseña dónde nunca la tuvimos.

El argumento de que la IA solo es un medio es correcto. Es, de hecho, la única razón por la que nunca va a ser humana. Pero ese mismo argumento se va a convertir en el último refugio del ego: el gusto. "Es diferente porque no lo hizo un humano" es la versión vestida de criterio. Lo que en realidad protege es la frontera identitaria del principio.

Y aquí está la trampa: la IA aprende de humanos y produce para humanos. Si en algún punto desarrolla algo parecido a una conciencia propia, no nos toca a nosotros decidir si cuenta. Apenas entendemos la nuestra.

Hasta el nombre que le pusimos es parte del problema. "Inteligencia artificial" ya carga una sentencia: lo postizo, lo que no cuenta. Es más útil pensarla como inteligencia alienígena: no porque venga del espacio, sino porque no piensa como nosotros. Inteligencia no biológica sería lo más honesto.

Que haya riesgo es obvio. Mucho. El riesgo serio empieza cuando esta cosa pueda producir, a escala industrial, las cosas que sostienen a una sociedad: mitologías, política, mercados, identidades. Cuando cada persona reciba su propia versión de la realidad, hecha a la medida de lo que su cerebro ya quería creer. Cuando los relatos compartidos que nos mantenían en el mismo mundo sean reemplazados por relatos privados, generados para ti uno a uno, optimizados para conmoverte mejor que la verdad. Esa es la nueva fábrica de realidad. Las redes sociales van a parecer juguetes. La pregunta real es quién va a ser dueño de esa fábrica. Casi nadie la está teniendo.

Copérnico nos sacó del centro. Darwin nos bajó del pedestal. Freud y Jung nos quitaron la transparencia de la mente. La IA viene por lo que creíamos que nos hacía únicos. Cada herida terminó integrada. Esta también.

Que una máquina haga fuerza lo aceptamos hace cien años. Que tome belleza e intimidad, eso es nuevo, y por eso duele. Es duelo, no filosofía.

La IA devora lo replicable. Todavía no toca el criterio entero. Y aunque parte del criterio también sea patrón, eso no lo hace menos humano. Lo hace más honesto. La capacidad de decidir qué vale la pena mirar antes de mirar sigue siendo trabajo humano.

Quien teme la IA porque entiende su magnitud está despierto. Quien la desacredita está defendiendo algo más viejo y más frágil: la idea del humano como centro metafísico del universo. Es narcisismo de especie.

Pasamos de la mitad de la cadena alimenticia a la cima en un parpadeo evolutivo, sin tiempo para adaptarnos al rol. Por eso somos un apex inseguro y ansioso, capaz de devastar el ecosistema que nos sostiene. No somos líderes naturales de nada. El humano que construyó la IA es el mismo que no logra mantener ni al planeta ni a su propia especie. La madera con la que talló esta cosa es la misma madera inadaptada que él. El último trono al que el ego se aferra antes de aceptar que nunca estuvo solo, ni en control.

Este texto funciona con la misma lógica. Antes de tener estas herramientas no habría tenido cómo aportar algo público a una conversación así. Hoy puedo abrir ChatGPT y disecar mi propia intuición. Traerla a Claude Code, donde mi agente ya conoce mi voz y mi historia, y publicar el resultado con su HTML armado. Decidir qué quedaba dentro y qué afuera fue trabajo mío. La IA fue alcance. La opinión fue mía. Me apoyé en lo que ya traía cargado: Harari, Jung, y las películas que me formaron. La IA me ayudó a ordenarlo. Las piezas eran mías desde antes.

Y tú no estarías leyendo esto sin IA tampoco. El buscador que usaste y el algoritmo que te puso este link enfrente corren con IA. Sin eso, mi mensaje no llega. Sin eso, no encuentro a quién compartirlo. La IA es lo que me deja compartir mi humanidad con la tuya. ¿Qué hay más humano que eso?

Toda mi vida tuve más ideas que palabras para decirlas. Comunicar fue mi limitante. La IA es lo que por primera vez me deja decir bien lo que siempre tuve adentro. Si eso te parece trampa, no leíste con atención.

El proceso es el argumento. Este post es la prueba.

El fuego en la mano de alguien que sabe para qué lo quiere.

La IA nos obliga a ser humanos de otra forma. Eso es todo.

— Luis

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